2010: Buenos Aires
Publicado por Susanei ,
A Buenos Aires
llegué luego de viajar durante unas veintitrés horas en bus desde Santiago.
Decidimos esa opción porque el destino final era Uruguay, y luego cruzaríamos
el río de la Plata para llegar hasta allí.
Pero los días en Buenos Aires tuvieron su propia magia aunque fue un viaje de transito: era la primera vez que viajaba independientemente con amigos, sin ninguna institución que velara por nosotros ni nos financiara, lo que nos daba tantas libertades como responsabilidades.
Fui con Victor, José, Francisco y Tomás, compañeros chilenos en Bolivia dos años atrás, siendo yo la mayor y una especie de madre anacrónica, excepto con José, que es un caso excepcional de persona misma, de esas que tienen el mismo porcentaje de rareza extrema como de inteligencia malvada, mezclado con mitomanía y risas al por mayor, y fue con él que estuve sentada las veintitantas horas en ese bus donde inclusive jugamos bingo, vimos un automóvil incendiarse, nos hicieron callar los pasajeros de adelante y escuchamos música chilena que yo había olvidado hace tiempo. Ir con José hizo que el camino se me pasara rápido.
Siempre tuve la esperanza de que la cordillera estuviera nevada por poquito que fuera, pero todo lo que vimos fueron montañas secas, sin vegetación, que nos abrían paso en un camino de doble vía que no le hace honor a una conexión tan importante entre dos países.
Nos detuvimos en el paso Los Libertadores para los trámites de rigor. Como dos de mis compañeros aun eran menores de edad, tenían que andar todo el tiempo con el permiso notarial de sus padres, el que necesitaban para cruzar la frontera.
Tuve la sensación
de que a la policía argentina le daba igual lo que entrara o no a su país. Su
revisión fue tan escueta que perfectamente pude llevar conmigo droga o lo que
fuera que estuviera prohibido pasar. Un perro subió a oler nuestro bus, y luego
de que miraran nuestras mochilas (y cuando digo mirar, es sólo mirar, es decir,
no tocaron ni sacaron nada para observar lo que había más adentro) volvimos al bus
para continuar la segunda parte del trayecto.
La comida que nos dieron fue buena pero un tanto insuficiente, y encontré peligroso que el ayudante del conductor se paseara por ahí con el hervidor con agua caliente con la maquina andando.
Cuando comenzamos a entrar al centro de Buenos Aires, pusieron fuerte el volumen de la radio para que nos despertáramos y estiráramos nuestros cuerpos tullidos, sonando una mujer de voz aguda que dijo algo como “¡a comenzar el laburo con energía!” lo que me hizo sentir realmente en Argentina, a pesar de que estaba allí hace varias horas atrás.
Fuimos al baño, desayunamos y el bus se estacionó, no sin antes ver por la ventana el crudo contraste de una ciudad que parecía perdida en la miseria por un lado, pero si subías la cabeza, un enorme hotel renombrado se alzaba a una distancia no tan lejana. Que fuera eso lo primero que vi de Buenos Aires se transformó en una constante en los días posteriores.
Cuando tomamos las maletas y nos reunimos en un pasillo, por primera vez en mi vida me sentí a la deriva: estábamos en otro país, sin nadie de allí que nos fuera a buscar, sin nadie a quien conocíamos cerca, sólo con una dirección en el bolsillo y la ansiedad de actuar bien, o simplemente de actuar, así que fui yo la que lo hizo. O nos movíamos o nos comía la sensación de “qué hago ahora”.
Salimos de un terminal atestado de gente, a una ciudad que nos abría todas sus posibilidades.
A decir verdad, nunca había tenido intensiones de ir a Buenos Aires como un destino único. No me parecía una ciudad atractiva, y aunque está relativamente cerca de Santiago (o alcanzable para la lejana ubicación geográfica de mi hogar), creo que si no hubiese sido por Uruguay, no habría llegado hasta allí. Pero ahí estaba, con mi maleta roja y los otros cuatro que parecían un anexo de ella.
En este punto nuestras opiniones se dividieron: unos querían caminar y otros, yo incluida, tomar un taxi. ¿Y por qué taxi? Porque ni siquiera teníamos un mapa. Era absurdo caminar sin rumbo con las maletas a cuestas esperando a que alguien nos robara, porque luego de la vista desde nuestro bus, lo primero que llegó a nuestras mentes fue que era una ciudad peligrosa, y en ese tiempo, para mí la seguridad era algo fundamental. No había trabajado como esclava todo el verano anterior como para que llegara alguien y me robara todo lo ahorrado para costearme el viaje.
Así que impuse mi razonamiento femenino y nos fuimos en taxi. Pero en los automóviles oficiales no dejaban entrar a cinco personas más las maletas (porque era evidente, no cabíamos) y tampoco nos queríamos separar, por lo que al final mi idea de seguridad en una ciudad extranjera se derrumbó cuando tuvimos que irnos en un taxi ilegal, con un hombre que nos hizo un “precio bueno” y aunque era evidente que nos estaba estafando en mayor o medida, para nosotros de cualquier forma terminó siendo barato. El cambio de moneda nos favorecía notablemente.
Cuando el chofer había terminado de subir parte de nuestro equipaje en el maletero, nos miró a todos y dijo “el pibe adelante”, refiriéndose a José, lo que nos causó más que gracia al evidenciar su sobrepeso.
Saqué como pude dentro de lo apretados que estábamos el papelito con la dirección de mi bolsillo –cosa que ninguno de los otros se había molestado en hacer, o sea, si a mí no se me hubiese ocurrido, adiós dirección- y le di las indicaciones al conductor. Al anverso estaba el nombre “Carolina Llanos Vergara” la que había hecho nuestra reserva en el hostal, y de la que no me sabía el nombre completo. En ese entonces no la conocía demasiado, ya que en Bolivia sólo habíamos intercambiado un par de palabras y risas aisladas.
Aunque parezca extraño, ese papel aun lo conservo. Sobrevivió en mi billetera el suficiente tiempo como para que al llegar a España un par de años después lo encontrara.
Por fuera el hostal me decepcionó. Había visto fotos del inmueble por en internet y no se parecía demasiado a lo que prometían, pero una vez entramos, su decoración me animó, y terminó siendo aun mejor de lo que esperaba.
Estábamos cansados, adoloridos y sudados por tantas horas en bus, pero aun no podíamos entrar a la habitación y descansar o darnos una ducha, porque era demasiado temprano para hacer el check-in, por lo que guardaron nuestras maletas y nos tiramos en una sala de estar con unos sillones de colores vivos esperando a que llegara el resto de nuestro amigos que no veíamos desde Bolivia.
En esa sala simplemente procrastinamos. Por mucho que uno esté en otro país con ganas de conocer, si se está cansado, se está cansado y no se puede combatir contra eso.
Creo que lo
siguiente fue llevar nuestras maletas hasta las habitaciones, dignificarnos un
poco y seguir esperando. Se suponía que los otros llegarían cerca de las dos,
pero ya era tarde y nos estábamos muriendo de hambre de tanto esperarlos para
almorzar con ellos, hasta que no aguantamos más y decidimos bajar las escaleras
e ir a buscar un lugar para alimentarnos, pero justo cuando íbamos descendiendo
por los peldaños, una cuantas sonrisas estaban bajando de un automóvil en la
calle.
Eso fue euforia, todo. El momento en que les abrieron la puerta, cuando nos abrazamos, los gritos de alegría, cuando nos miramos otra vez después de tanto tiempo, en el comienzo de un viaje en el que pocos tenían fe de que se pudiera llevar a cabo, pero ahí estábamos, juntos otra vez.
Fui con las chicas hasta nuestra habitación compartida, donde estábamos Caro y Mariana de Colombia, y Tania y Lucía de Uruguay. De las cuatro, yo sólo había entablado una verdadera amistad con Tania, la que me agarró en un abrazo arrollador, pero con las otras tres todo surgió como si nos conociéramos desde siempre. Profundizar más en sus vidas fue tan bueno como reencontrarme con Tania.
Casi inmediatamente salimos a comer porque los otros chilenos y yo estábamos a punto de desfallecer, y recorriendo las calles del barrio San Telmo, llegando a lo que supongo era el centro, y nos detuvimos en un local de “panchos”.
En un primer momento, el nombre no me sonó a nada, hasta percatarme que en Argentina a los “completos” como les llamamos en Chile, universalmente conocidos como hot dog, les llaman “pancho”. Pero no. Si en Chile se llaman completos es por algo, porque el que comí ahí realmente era incompleto, pero el dinero no nos alcanzaba para nada más contundente.
El factor dinero en este viaje me sigue sorprendiendo, porque verdaderamente fui con poco dinero, todo de mi propio bolsillo, sin ayuda alguna de nadie, lo que se traducía en pobreza total. De hecho, prácticamente no tenía qué comer, porque ir a Buenos Aires había salido de improviso, y mis ahorros siempre los había considerado sólo para Uruguay. Pero todos, a excepción de las colombianas, estábamos igual, aunque la comida no me importaba tanto como ahora: las costumbres viajeras van cambiando considerablemente con el tiempo.
Lo siguiente que recuerdo son conversaciones, caminar, ir al Obelisco. No sé porqué siempre tomé y sigo tomando tan en menos a Buenos Aires… el Obelisco. ¿Qué tiene de bueno esa pila de cemento? Simplemente no me pude decepcionar porque ya venía decepcionada desde antes. Por supuesto que me tomé la foto de rigor, que además salió mal.
Allí, a los pies de ese monumento, nos sentamos en el pasto con toda la felicidad de estar con nuestros amigos, lejos de casa, poniéndonos al día. Que buenos son esos momentos, y que bueno fue ese exactamente.
No sé si fue esa misma noche, lo más probable es que sí, que el genio de Tania me volvió a encandilar. Tan entusiasta, activa y energética, seguía como siempre.
Cuando regresamos al hostal, todos estábamos cansadísimos, pero claro, estábamos en el centro de la ciudad y queríamos divertirnos. Yo no estaba completamente segura de querer salir a bailar sólo por mi sueño acumulado, pero ahí estaba Tania convenciéndonos, con palabras como que éramos jóvenes, que era nuestra primera vez en Buenos Aires y que ni siquiera sabíamos si íbamos a volver así que había disfrutar, o que no le podíamos contar a nuestros nietos en un futuro que fuimos a Buenos Aires y que no conocimos la vida nocturna de la ciudad sólo porque estábamos cansados, y tenía toda la razón. Así fue como nos convenció y creo que todos terminamos saliendo. La verdad no recuerdo si Tomás y Francisco fueron con nosotros, tal vez no por su religión.
Lo que sí recuerdo es mi mal sentido de la moda. Ahora veo las fotos y me da risa, no porque la ropa haya sido horrible, sino porque no era adecuada para la ocasión. Era más como para salir con amigas por la tarde y aun así todas las otras habrían destacado más que yo. Creo que en ese momento vivía entre un “no me importa la ropa” y un desconocimiento total de ello, percatándome sólo en el momento en que antes de salir todas comenzaron a arreglarse: mostrar mínimo tres poleras y elegir cual queda mejor, ponerse sandalias bonitas, y un short o algo corto hacia abajo. Yo no tenía nada de eso, sólo zapatillas, y un bermuda, que terminé botando.
Me parece que terminamos en una disco gigantesca gracias a unos free pass que le daban a la gente que se alojaba en nuestro hostal, pero nadie nos advirtió que había un especial de hip hop. Al entrar nos toquetearon todo para revisarnos, lo que fue cómico sobre todo en los chicos porque era demasiado evidente la poca experiencia de todos en ese tipo de sitios.
En ese tiempo no bebía para emborracharme así que no compre nada para beber, además porque tampoco tenía el presupuesto para hacerlo, y nos sentamos en el segundo piso, esperando alguna señal de que cambiaran la música en algún momento de la noche.
Observé mucho al público asistente, no por un afán de encontrar a alguien lindo con quien ligar, porque ni siquiera estaba en mis expectativas, simplemente me divertía observando el tipo de gente que frecuentaba allí e intentar imaginar sus argentinas vidas.
Caro y Mari estaban dormitando en una silla, a punto de irse, cuando a las cuatro de la mañana cambiaron la música y por fin pusieron algo bailable. Bajamos a la pista y estuvimos un rato allí, creo que las chicas bailaron con unos argentinos pero yo me senté en un cubo junto a Victor. Vi a un tipo que encontré guapo pero no estaba dispuesta a sacarlo a bailar. No tenía el ego ni la pinta ni las ganas de un rechazo, y luego de un rato regresamos en taxi, con cansancio extremo.
El día siguiente fue explorar, con Lucia como nuestra guía oficial. Seguramente no habríamos sido nada sin ella, la madre de la ocasión y a la que le debemos la estabilidad tanto en Argentina como en Uruguay. Ella con su personalidad fuerte de mando desde un principio se hizo cargo, por inercia porque nunca elegimos a un líder.
Comí todo lo que pude en el desayuno porque estaba incluido en el precio y sabía que el almuerzo nuevamente sería escueto, así que me repetí la leche todas las veces que pude.
Fuimos a la Casa Rosada, que para mi sorpresa estaba completamente rodeada de rejas, no como La Moneda donde al menos puedes obtener fotos dignas. Creo que ni siquiera la fotografié.
Hacía mucho, mucho calor, con una humedad que sólo había experimentado en Santa Cruz de la Sierra, pero el calor lo hacía mil veces peor. La ropa se pegaba al cuerpo con todo el sudor, y hasta respirar era difícil. Usar el metro con tanta gente en ese estado era francamente asqueroso, además de los carros viejos y asientos blandos con una tela estilo terciopelo que difícilmente daba la sensación de limpio.
Aun así estaba feliz por estar allí explorando.
Temporalmente no soy exacta, pero fuimos a Puerto Madero donde tomamos los helados más baratos del universo, a Caminito con sus casitas de colores que como todo, en los folletos se ve precioso, pero que en realidad es una zona hecha exclusivamente como una atracción turística, todo artificial, cero de la vida natural de un argentino, así que como muchas cosas en Buenos Aires, no me gustó. Allí perdimos a Caro y Mari, por un rato. Nos separamos para buscarlas, nos empezamos a desesperar, hasta que de pronto aparecieron ambas de manera sonriente. Simplemente habían ido a comprar sin decirnos, y nosotros como tontos buscándolas llenos de preocupación.
Allí comimos luego de regatear en innumerables restaurantes, hasta que llegamos a uno que no tengo idea como decidimos elegir, pero comimos.
Nos pusieron una mesa muy larga y parece, sólo parece, que comimos asado por un precio módico, si mi memoria no me engaña. Uno de los meseros empezó a adivinar nuestras nacionalidades, y a mi me dijeron colombiana. Ese sería sólo una de las confusiones de identidad que dan mis rasgos y tono de piel. En todo este tiempo nadie jamás ha pensado en mí como chilena cuando se hacen ese tipo de preguntas en el extranjero, tal vez más que nada porque Chile no es un país conocido en lugares lejanos, y si hablamos de Sudamérica, creo que no hay un tipo facial ni corporal que podamos llamar chileno 100% a diferencias de otros países.
Todo parecía ir perfecto hasta una noche que teníamos tanta pero tanta hambre, que nos pusimos a pelear entre nosotros. No teníamos dinero, nada, solo nos alcanzaba para unas empanadas que fuimos a comprar a una especie de Kentucky, y para más remate, mientras esperabamos, una motocicleta chocó con algo y ambas personas que iban en ella se desplomaron ante nuestros ojos. Los chicos quisieron ayudar, pero fue todo tan extraño, que se pararon, se subieron luego de discutir un poco y siguieron andando. Todo esto mientras la colombianas se habían ido a comer un asado. Se que para algunos fue un acto de cero solidaridad, pero estando en Argentina ellas querían comer algo típico como un asado y no las culpo. Años después ambas nos pidieron disculpas, pero son cosas de la vida y de la inmadurez que teníamos en ese tiempo.
Al otro día nos fuimos en un buquebus a Uruguay, a comenzar el verdadero reencuentro del Mercosur.
Pero los días en Buenos Aires tuvieron su propia magia aunque fue un viaje de transito: era la primera vez que viajaba independientemente con amigos, sin ninguna institución que velara por nosotros ni nos financiara, lo que nos daba tantas libertades como responsabilidades.
Fui con Victor, José, Francisco y Tomás, compañeros chilenos en Bolivia dos años atrás, siendo yo la mayor y una especie de madre anacrónica, excepto con José, que es un caso excepcional de persona misma, de esas que tienen el mismo porcentaje de rareza extrema como de inteligencia malvada, mezclado con mitomanía y risas al por mayor, y fue con él que estuve sentada las veintitantas horas en ese bus donde inclusive jugamos bingo, vimos un automóvil incendiarse, nos hicieron callar los pasajeros de adelante y escuchamos música chilena que yo había olvidado hace tiempo. Ir con José hizo que el camino se me pasara rápido.
Siempre tuve la esperanza de que la cordillera estuviera nevada por poquito que fuera, pero todo lo que vimos fueron montañas secas, sin vegetación, que nos abrían paso en un camino de doble vía que no le hace honor a una conexión tan importante entre dos países.
Nos detuvimos en el paso Los Libertadores para los trámites de rigor. Como dos de mis compañeros aun eran menores de edad, tenían que andar todo el tiempo con el permiso notarial de sus padres, el que necesitaban para cruzar la frontera.
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| En la frontera |
La comida que nos dieron fue buena pero un tanto insuficiente, y encontré peligroso que el ayudante del conductor se paseara por ahí con el hervidor con agua caliente con la maquina andando.
Cuando comenzamos a entrar al centro de Buenos Aires, pusieron fuerte el volumen de la radio para que nos despertáramos y estiráramos nuestros cuerpos tullidos, sonando una mujer de voz aguda que dijo algo como “¡a comenzar el laburo con energía!” lo que me hizo sentir realmente en Argentina, a pesar de que estaba allí hace varias horas atrás.
Fuimos al baño, desayunamos y el bus se estacionó, no sin antes ver por la ventana el crudo contraste de una ciudad que parecía perdida en la miseria por un lado, pero si subías la cabeza, un enorme hotel renombrado se alzaba a una distancia no tan lejana. Que fuera eso lo primero que vi de Buenos Aires se transformó en una constante en los días posteriores.
Cuando tomamos las maletas y nos reunimos en un pasillo, por primera vez en mi vida me sentí a la deriva: estábamos en otro país, sin nadie de allí que nos fuera a buscar, sin nadie a quien conocíamos cerca, sólo con una dirección en el bolsillo y la ansiedad de actuar bien, o simplemente de actuar, así que fui yo la que lo hizo. O nos movíamos o nos comía la sensación de “qué hago ahora”.
Salimos de un terminal atestado de gente, a una ciudad que nos abría todas sus posibilidades.
A decir verdad, nunca había tenido intensiones de ir a Buenos Aires como un destino único. No me parecía una ciudad atractiva, y aunque está relativamente cerca de Santiago (o alcanzable para la lejana ubicación geográfica de mi hogar), creo que si no hubiese sido por Uruguay, no habría llegado hasta allí. Pero ahí estaba, con mi maleta roja y los otros cuatro que parecían un anexo de ella.
En este punto nuestras opiniones se dividieron: unos querían caminar y otros, yo incluida, tomar un taxi. ¿Y por qué taxi? Porque ni siquiera teníamos un mapa. Era absurdo caminar sin rumbo con las maletas a cuestas esperando a que alguien nos robara, porque luego de la vista desde nuestro bus, lo primero que llegó a nuestras mentes fue que era una ciudad peligrosa, y en ese tiempo, para mí la seguridad era algo fundamental. No había trabajado como esclava todo el verano anterior como para que llegara alguien y me robara todo lo ahorrado para costearme el viaje.
Así que impuse mi razonamiento femenino y nos fuimos en taxi. Pero en los automóviles oficiales no dejaban entrar a cinco personas más las maletas (porque era evidente, no cabíamos) y tampoco nos queríamos separar, por lo que al final mi idea de seguridad en una ciudad extranjera se derrumbó cuando tuvimos que irnos en un taxi ilegal, con un hombre que nos hizo un “precio bueno” y aunque era evidente que nos estaba estafando en mayor o medida, para nosotros de cualquier forma terminó siendo barato. El cambio de moneda nos favorecía notablemente.
Cuando el chofer había terminado de subir parte de nuestro equipaje en el maletero, nos miró a todos y dijo “el pibe adelante”, refiriéndose a José, lo que nos causó más que gracia al evidenciar su sobrepeso.
Saqué como pude dentro de lo apretados que estábamos el papelito con la dirección de mi bolsillo –cosa que ninguno de los otros se había molestado en hacer, o sea, si a mí no se me hubiese ocurrido, adiós dirección- y le di las indicaciones al conductor. Al anverso estaba el nombre “Carolina Llanos Vergara” la que había hecho nuestra reserva en el hostal, y de la que no me sabía el nombre completo. En ese entonces no la conocía demasiado, ya que en Bolivia sólo habíamos intercambiado un par de palabras y risas aisladas.
Aunque parezca extraño, ese papel aun lo conservo. Sobrevivió en mi billetera el suficiente tiempo como para que al llegar a España un par de años después lo encontrara.
Por fuera el hostal me decepcionó. Había visto fotos del inmueble por en internet y no se parecía demasiado a lo que prometían, pero una vez entramos, su decoración me animó, y terminó siendo aun mejor de lo que esperaba.
Estábamos cansados, adoloridos y sudados por tantas horas en bus, pero aun no podíamos entrar a la habitación y descansar o darnos una ducha, porque era demasiado temprano para hacer el check-in, por lo que guardaron nuestras maletas y nos tiramos en una sala de estar con unos sillones de colores vivos esperando a que llegara el resto de nuestro amigos que no veíamos desde Bolivia.
En esa sala simplemente procrastinamos. Por mucho que uno esté en otro país con ganas de conocer, si se está cansado, se está cansado y no se puede combatir contra eso.
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| Con Tania de Uruguay |
Eso fue euforia, todo. El momento en que les abrieron la puerta, cuando nos abrazamos, los gritos de alegría, cuando nos miramos otra vez después de tanto tiempo, en el comienzo de un viaje en el que pocos tenían fe de que se pudiera llevar a cabo, pero ahí estábamos, juntos otra vez.
Fui con las chicas hasta nuestra habitación compartida, donde estábamos Caro y Mariana de Colombia, y Tania y Lucía de Uruguay. De las cuatro, yo sólo había entablado una verdadera amistad con Tania, la que me agarró en un abrazo arrollador, pero con las otras tres todo surgió como si nos conociéramos desde siempre. Profundizar más en sus vidas fue tan bueno como reencontrarme con Tania.
Casi inmediatamente salimos a comer porque los otros chilenos y yo estábamos a punto de desfallecer, y recorriendo las calles del barrio San Telmo, llegando a lo que supongo era el centro, y nos detuvimos en un local de “panchos”.
En un primer momento, el nombre no me sonó a nada, hasta percatarme que en Argentina a los “completos” como les llamamos en Chile, universalmente conocidos como hot dog, les llaman “pancho”. Pero no. Si en Chile se llaman completos es por algo, porque el que comí ahí realmente era incompleto, pero el dinero no nos alcanzaba para nada más contundente.
El factor dinero en este viaje me sigue sorprendiendo, porque verdaderamente fui con poco dinero, todo de mi propio bolsillo, sin ayuda alguna de nadie, lo que se traducía en pobreza total. De hecho, prácticamente no tenía qué comer, porque ir a Buenos Aires había salido de improviso, y mis ahorros siempre los había considerado sólo para Uruguay. Pero todos, a excepción de las colombianas, estábamos igual, aunque la comida no me importaba tanto como ahora: las costumbres viajeras van cambiando considerablemente con el tiempo.
Lo siguiente que recuerdo son conversaciones, caminar, ir al Obelisco. No sé porqué siempre tomé y sigo tomando tan en menos a Buenos Aires… el Obelisco. ¿Qué tiene de bueno esa pila de cemento? Simplemente no me pude decepcionar porque ya venía decepcionada desde antes. Por supuesto que me tomé la foto de rigor, que además salió mal.
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| Con los amigos luego de comer |
Allí, a los pies de ese monumento, nos sentamos en el pasto con toda la felicidad de estar con nuestros amigos, lejos de casa, poniéndonos al día. Que buenos son esos momentos, y que bueno fue ese exactamente.
No sé si fue esa misma noche, lo más probable es que sí, que el genio de Tania me volvió a encandilar. Tan entusiasta, activa y energética, seguía como siempre.
Cuando regresamos al hostal, todos estábamos cansadísimos, pero claro, estábamos en el centro de la ciudad y queríamos divertirnos. Yo no estaba completamente segura de querer salir a bailar sólo por mi sueño acumulado, pero ahí estaba Tania convenciéndonos, con palabras como que éramos jóvenes, que era nuestra primera vez en Buenos Aires y que ni siquiera sabíamos si íbamos a volver así que había disfrutar, o que no le podíamos contar a nuestros nietos en un futuro que fuimos a Buenos Aires y que no conocimos la vida nocturna de la ciudad sólo porque estábamos cansados, y tenía toda la razón. Así fue como nos convenció y creo que todos terminamos saliendo. La verdad no recuerdo si Tomás y Francisco fueron con nosotros, tal vez no por su religión.
Lo que sí recuerdo es mi mal sentido de la moda. Ahora veo las fotos y me da risa, no porque la ropa haya sido horrible, sino porque no era adecuada para la ocasión. Era más como para salir con amigas por la tarde y aun así todas las otras habrían destacado más que yo. Creo que en ese momento vivía entre un “no me importa la ropa” y un desconocimiento total de ello, percatándome sólo en el momento en que antes de salir todas comenzaron a arreglarse: mostrar mínimo tres poleras y elegir cual queda mejor, ponerse sandalias bonitas, y un short o algo corto hacia abajo. Yo no tenía nada de eso, sólo zapatillas, y un bermuda, que terminé botando.
Me parece que terminamos en una disco gigantesca gracias a unos free pass que le daban a la gente que se alojaba en nuestro hostal, pero nadie nos advirtió que había un especial de hip hop. Al entrar nos toquetearon todo para revisarnos, lo que fue cómico sobre todo en los chicos porque era demasiado evidente la poca experiencia de todos en ese tipo de sitios.
En ese tiempo no bebía para emborracharme así que no compre nada para beber, además porque tampoco tenía el presupuesto para hacerlo, y nos sentamos en el segundo piso, esperando alguna señal de que cambiaran la música en algún momento de la noche.
Observé mucho al público asistente, no por un afán de encontrar a alguien lindo con quien ligar, porque ni siquiera estaba en mis expectativas, simplemente me divertía observando el tipo de gente que frecuentaba allí e intentar imaginar sus argentinas vidas.
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| En Caminito |
Caro y Mari estaban dormitando en una silla, a punto de irse, cuando a las cuatro de la mañana cambiaron la música y por fin pusieron algo bailable. Bajamos a la pista y estuvimos un rato allí, creo que las chicas bailaron con unos argentinos pero yo me senté en un cubo junto a Victor. Vi a un tipo que encontré guapo pero no estaba dispuesta a sacarlo a bailar. No tenía el ego ni la pinta ni las ganas de un rechazo, y luego de un rato regresamos en taxi, con cansancio extremo.
El día siguiente fue explorar, con Lucia como nuestra guía oficial. Seguramente no habríamos sido nada sin ella, la madre de la ocasión y a la que le debemos la estabilidad tanto en Argentina como en Uruguay. Ella con su personalidad fuerte de mando desde un principio se hizo cargo, por inercia porque nunca elegimos a un líder.
Comí todo lo que pude en el desayuno porque estaba incluido en el precio y sabía que el almuerzo nuevamente sería escueto, así que me repetí la leche todas las veces que pude.
Fuimos a la Casa Rosada, que para mi sorpresa estaba completamente rodeada de rejas, no como La Moneda donde al menos puedes obtener fotos dignas. Creo que ni siquiera la fotografié.
Hacía mucho, mucho calor, con una humedad que sólo había experimentado en Santa Cruz de la Sierra, pero el calor lo hacía mil veces peor. La ropa se pegaba al cuerpo con todo el sudor, y hasta respirar era difícil. Usar el metro con tanta gente en ese estado era francamente asqueroso, además de los carros viejos y asientos blandos con una tela estilo terciopelo que difícilmente daba la sensación de limpio.
Aun así estaba feliz por estar allí explorando.
Temporalmente no soy exacta, pero fuimos a Puerto Madero donde tomamos los helados más baratos del universo, a Caminito con sus casitas de colores que como todo, en los folletos se ve precioso, pero que en realidad es una zona hecha exclusivamente como una atracción turística, todo artificial, cero de la vida natural de un argentino, así que como muchas cosas en Buenos Aires, no me gustó. Allí perdimos a Caro y Mari, por un rato. Nos separamos para buscarlas, nos empezamos a desesperar, hasta que de pronto aparecieron ambas de manera sonriente. Simplemente habían ido a comprar sin decirnos, y nosotros como tontos buscándolas llenos de preocupación.
Allí comimos luego de regatear en innumerables restaurantes, hasta que llegamos a uno que no tengo idea como decidimos elegir, pero comimos.
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| Paseando con los chicos |
Nos pusieron una mesa muy larga y parece, sólo parece, que comimos asado por un precio módico, si mi memoria no me engaña. Uno de los meseros empezó a adivinar nuestras nacionalidades, y a mi me dijeron colombiana. Ese sería sólo una de las confusiones de identidad que dan mis rasgos y tono de piel. En todo este tiempo nadie jamás ha pensado en mí como chilena cuando se hacen ese tipo de preguntas en el extranjero, tal vez más que nada porque Chile no es un país conocido en lugares lejanos, y si hablamos de Sudamérica, creo que no hay un tipo facial ni corporal que podamos llamar chileno 100% a diferencias de otros países.
Todo parecía ir perfecto hasta una noche que teníamos tanta pero tanta hambre, que nos pusimos a pelear entre nosotros. No teníamos dinero, nada, solo nos alcanzaba para unas empanadas que fuimos a comprar a una especie de Kentucky, y para más remate, mientras esperabamos, una motocicleta chocó con algo y ambas personas que iban en ella se desplomaron ante nuestros ojos. Los chicos quisieron ayudar, pero fue todo tan extraño, que se pararon, se subieron luego de discutir un poco y siguieron andando. Todo esto mientras la colombianas se habían ido a comer un asado. Se que para algunos fue un acto de cero solidaridad, pero estando en Argentina ellas querían comer algo típico como un asado y no las culpo. Años después ambas nos pidieron disculpas, pero son cosas de la vida y de la inmadurez que teníamos en ese tiempo.
Al otro día nos fuimos en un buquebus a Uruguay, a comenzar el verdadero reencuentro del Mercosur.






